Las campanadas a media noche

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Cuando me bajan del vehículo mis ojos aún están vendados. Siento el frió subir por mis pies al tocar el camino asfaltado. El empujón que me dan por la espalda casi me bota. ¿Me soltaron? Oigo como se suben a la van, y no es hasta que ya no la escucho que me saco la venda de los ojos. Me pregunto si no será un nuevo experimento. Creí que jamás me dejarían salir de la clínica. El doctor Rushmorn no estaba de acuerdo con la decisión de la junta directiva. Él sabía... Él comprendía mejor que aquellos tontos. ¿O seré yo quien se equivoca?

Yo no quería que me suelten. Desde que me encerraron ellos ya no me hablaban. Quizás ya no me vuelvan a hablar. Pero muy en el fondo sé que sin los remedios volverán. Odio sus susurros por las noches. Necesito mi droga para dormir. Que voy a hacer sin mi droga para dormir. Pero a la junta no les importa... Después de todo nadie los escucha a parte de mí. A veces, creo que el doctor Rushmorn si me cree. Cada vez que me mira, veo ese terror en sus ojos. A que le teme, no es a él al que le hablan, al que le ordenan hacer esas cosas... No! No quiero, tengo miedo...

Mis ojos se acostumbran lentamente a la poca luz que hay. Reconozco este lugar. Malditos. Me trajeron de nuevo. Como siempre está nublado. Si al menos el cielo fuese gris me sentiría mejor. Pero las nubes acá son siempre negras es como si hubiese una tormenta lista para estallar. Todo está abandonado, debería haber permanecido abandonado por siempre. Y ellos lo saben. Nadie quiere vivir en esta zona. Yo menos que nadie. Escapar de nuevo. Ja! Suena simple. Me soltaron acá... Me quitaron mi droga y me soltaron acá, justo frente a mi antiguo edificio.

Una ráfaga de viento helado me quita de mi ensimismamiento. Y me doy cuenta que estoy casi desnudo, sólo tengo el fino pantalón de tela de la clínica. Siento el peso en mi cuello y no me atrevo a mirar. Sé que está ahí, colgando. Siento el frío y mi piel se eriza cuando el marco de plata roza mi pecho. Ese liquido negro y espeso como la sangre del mismo demonio sigue en mi pecho. Comienzo a tiritar incontrolablemente.

No quiero, pero el frío me obliga a avanzar hacia la entrada del edificio. Es un edificio viejo, al abrir la puerta me encuentro con el pasillo de muros descascarados que lleva hacia la vieja escalera. Mientras subo los peldaños, cada escalón me da un escalofrió, cada pelo de mi cuerpo se eriza con el chirrido de la madera vieja y húmeda y la tensión me carcome. La mezcla de olores de humedad, encierro y vejez me quema las narices. Comienza de nuevo ese dolor de cabeza, justo arriba de los ojos que casi no me deja ver. Siento como de a poco comienzo a sangrar de la nariz. Me repito una y otra vez que no es nada, que siga adelante. Y subo tambaleándome un piso tras otro.

El pasillo desierto del sexto piso me está esperando. La subida fue eterna. Pero ya estoy aquí. Y la veo. Ahí está. La puerta descolorida roja con esa antigua cerradura. Todo sigue igual. Me aproximo lentamente a la puerta y cuando acerco la llave mi estomago se encoge mientras lentamente la pesada puerta se abre con un quejido agudo.

Entro lentamente a la habitación, cerrando la puerta tras de mí. Todo está como lo deje. La cama de metal con el fino colchón teñido de grana. Los antiguos manuscritos esparcidos por el suelo. El pentagrama trazado en la pared con la única ventana de la habitación en su centro. Esta da hacia aquella antigua iglesia. Mis recuerdos afloran por oleadas cuando veo los arañazos en el piso. Quiero llorar, una vez fue demasiado. Prefiero irme al mismo infierno que vivirlo de nuevo.

Me siento en el rincón más alejado del pentagrama, mis rodillas apoyadas contra mi pecho. Y mis manos constriñendo mi cabeza. Escucho la primera campanada de la iglesia. Levanto lentamente la cabeza. El medallón retumba en mi pecho. El olor a pelo y piel quemada ahoga mi nariz. El dolor me estremece y lentamente como en un transe me levanto con la cabeza baja, el pelo en mi cara. Siento como el medallón quema mi piel, como se adhiere a mi pecho y empieza a tomar el control. Avanzo paso a paso hacia la cama. Intento resistirme pero es inútil. Sé lo que viene, es inevitable.

Tenso cada musculo de mi cuerpo intento serenarme pero es inútil, avanzo con movimientos burdos, arrítmicos como si un titiritero infernal me forzara hacia esa maldita cama. Mientras suena el segundo campanazo me recuesto lentamente en la cama. Mis intentos por romper las cadenas oxidadas que desde las sombras me compelen a actuar son infructuosos. Cada intento de resistencia se siente como si miles de taladros perforaran mis músculos y mi cerebro se funde pretendiendo bloquear este sufrimiento desgarrador. Me quema, duele, quiero quitarme ese medallón. Cierro los ojos mientras mi cabeza se posa en ese colchón. Aprieto los ojos con fuerza cuando el pitido comienza en mis oídos. La cama se siente húmeda, comienzo a transpirar. Nada de esto es real, trato de convencerme de que es sólo mi condición. Si los doctores no me hubiesen quitado mi medicina… Mientras la primera lagrima rueda por mi rostro rezo para retomar el control de mi cuerpo, para levantarme, para correr, para arrancarme la alhaja del pecho. Es entonces que los percibo:

¿Quiere correr?
Sabes que es inútil.
Sabes que te seguiremos a donde vayas.

El tercer campanazo rechina en la reliquia que ya está pegada a mi pecho fundido. Soldándose a mis costillas a la altura del corazón. El líquido negro borbotea dentro, lo puedo oír. Y finalmente siento como lentamente brota fuera del caparazón y se dispersa por mi piel chamuscada. El líquido es viscoso, apesta y me quema la piel. Mi grito es primal, se que ellos lo están disfrutando, empiezo con convulsiones horribles.

Los siguientes campanazos se vuelven más lejanos. Con cada uno mi cuerpo va siendo recubierto por la substancia. Duele. Mis manos están crispadas. Sangro de las orejas, de la nariz. Llamo a Rushmorn a gritos. Me retuerzo incontrolablemente.

Rushmorn no te ayudará.
Es de los nuestros.
No pelees más, de nada servirá.

Con el séptimo campanazo siento como el catre cobra vida, tentáculos salidos de ninguna parte me apresan de las piernas, de las manos y el más grueso se ciñe a mi tórax. Siempre creí que existía un límite para el dolor, incluso recuerdo estudiar sobre el umbral de este. Pero de alguna manera ellos me mantienen sintiendo. Los tentáculos son como lijas, se agarran a mi piel y constriñen hasta quitarme la circulación. A penas puedo respirar. Mientras la substancia negra sigue avanzando velozmente por mi cuerpo.

A penas oigo el décimo campanazo, comienza el delirio. Siento la cama mojada y como de ella surgen miles de criaturas infernales y como sanguijuelas se fijan a mi cuerpo. Siento como cada una de ellas succiona mi esencia. Mi cabeza da vueltas, siento nauseas. El vomito comienza a ahogarme. Ya no siento mi cuerpo tan sólo soy mi cabeza. El dolor es perpetuo, implacable, atacando siempre un lado distinto.

Al escuchar el onceavo campanazo casi inaudible. Desesperado abro los ojos para descubrir sólo sombras. Intermitentemente las nubes que veo a lo lejos se van a negro. Trato de mirar mi cuerpo. Quiero saber si me queda algo aún. Aterrado descubro que el liquido negro esta a avanzando hacia mi boca. Comienza a envolverme el rostro. Entra por mis orejas, mi nariz, por mi boca. El sabor es amargo, viscoso, harinoso. Justo antes del doceavo campanazo, antes de que entre aquella solución por los ojos los veo, veo las negras siluetas que me miran. El líquido me envuelve completamente. Mi corazón para de latir con el ultimo campanazo.

Estoy muerto, ahora lo sé. Pero los malditos me dejan encerrado en mi cuerpo en descomposición. De inmediato me doy cuenta que mi mente, mi ser, mi esencia se quedarán atascados eternamente y como único recuerdo tendré esas doce campanadas.