Las bananas del Orangután
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Había una vez, un Orangután que buscando ser el dueño de la mayor cantidad de bananas del mundo. Entonces se compró un computador. Al principio todo iba bien, el computador lo ayudaba a hacer las cosas más rápido, le decía cuando tenía reuniones e incluso cuando descansar. Gracias a su nuevo amigo el Orangután comenzó a acumular muchísimas bananas, tenía arboles llenos de ellas. Tenía tantas que podía comer 15 diarias sin preocuparse, pero el computador no le daba tiempo libre ya. Le decía porque tan sólo 15 si trabajando un poco más podríamos tener 16 mañana y para la próxima semana 26 diarias.
El Orangután se imaginó nadando en bananas y se vio feliz. Que más podría pedir. Sería el Orangután más feliz del mundo. Así que le hizo caso al ordenador y siguió trabajando. Trabajó y trabajó rechazando las invitaciones de sus amigos a escuchar la música de la jungla, o las invitaciones a balancearse por las lianas. Incluso rechazó la invitación de la Mona que le ofreció comerse todos los piojos que el Orangután tenía en la cabeza y lo volvían loco. Pero nada lo levantaba de su computadora.
Llegó un momento en que tenía tantas bananas que los otros simios tenían que venir a pedirle. Y así el Orangután comenzó a pedirles favores a cambio de bananas. Le dijo a la mona que todos los lunes le sacará los piojos por 4 bananas.
Le dijo al Gibón y su banda de la jungla que tocarán una vez por semana para él y les daría 6 bananas a cada uno. Llamó a sus amigos el Chimpancé y el Gorila y les dijo que ya no podría jugar con ellos en las lianas pero que les daría 1 banana a cada uno si venían a contar sus aventuras de vez en cuando.
Pero el computador viendo las matemáticas y intrincadas leyes de la banana. Le dijo al Orangután que no podía regalar bananas así como así. Existían leyes invisibles que decían que era mejor dar menos para tener más.
Así que el orangután reunió a la Mona, al Chimpancé, al Gibón y al Gorila les dijo a todos que tendría que reducir la cantidad de bananas a 1 por semana. Cuando la Mona y el Gibón se fueron, les dijo al Chimpancé y al Gorila que no habría bananas para ellos, que sus historias valían media banana en total.
El Gorila tímidamente se ofreció a cuidar la arboleda bananera. Y así consiguió que le dieran una banana diaria. A fin de cuentas un Gorila tiene que comer se dijo.
Pero el Chimpancé por su parte se fue indignado y le dijo al Orangután que no comería bananas. Que prefería seguir jugando y que comería hojas y hierbas.
Cuando llego el fin de semana el Chimpancé les contó a sus amigos el Gorila, el Gibón y la Mona que lo había pasado muy bien en la selva saltando de rama en rama que había descubierto que si rompía los cocos había un jugo dentro muy rico y que las hojas de algunos árboles eran bastante buenas. La Mona, el Gorila y el Gibón se miraron y decidieron ir a jugar la próxima semana. Nadie invito al Orangután ya que este siempre estaba muy ocupado.
Tres semanas después el Orangután se dio cuenta de que estaba lleno de pulgas, que no había escuchado música hace mucho y que ya nadie se paseaba asustando animales para alejarlos de los arboles. Quería ir a buscar a sus amigos pero el computador le dijo que no valía la pena, que tecleara más rápido. Que no comiera más banana y todo saldría bien. Y eso hizo.
Pero pronto se enfermo, le faltaban bananas en la panza. Cuando estuvo en cama nadie vino a visitarlo. Nadie le traía medicinas. Y se sintió muy solo y muy triste.
Llamo al ordenador pero este lo único que le decía era cuantas bananas estaba perdiendo.
El Orangután que ya estaba débil decidió apagar el ordenador. Y lentamente se arrastró llorando a buscar una banana. Y luego con más fuerzas fue a buscar a sus amigos.
Les pidió disculpas a todos y les pidió si podía volver a jugar con ellos. Los otros simios se miraron sonriendo y le dijeron que sí.
Y pronto todos estaban bañándose en una piscina comiendo bananas, tomando leche de coco y balanceándose por las lianas escuchando la música de la jungla.
El Orangután se imaginó nadando en bananas y se vio feliz. Que más podría pedir. Sería el Orangután más feliz del mundo. Así que le hizo caso al ordenador y siguió trabajando. Trabajó y trabajó rechazando las invitaciones de sus amigos a escuchar la música de la jungla, o las invitaciones a balancearse por las lianas. Incluso rechazó la invitación de la Mona que le ofreció comerse todos los piojos que el Orangután tenía en la cabeza y lo volvían loco. Pero nada lo levantaba de su computadora.
Llegó un momento en que tenía tantas bananas que los otros simios tenían que venir a pedirle. Y así el Orangután comenzó a pedirles favores a cambio de bananas. Le dijo a la mona que todos los lunes le sacará los piojos por 4 bananas.
Le dijo al Gibón y su banda de la jungla que tocarán una vez por semana para él y les daría 6 bananas a cada uno. Llamó a sus amigos el Chimpancé y el Gorila y les dijo que ya no podría jugar con ellos en las lianas pero que les daría 1 banana a cada uno si venían a contar sus aventuras de vez en cuando.
Pero el computador viendo las matemáticas y intrincadas leyes de la banana. Le dijo al Orangután que no podía regalar bananas así como así. Existían leyes invisibles que decían que era mejor dar menos para tener más.
Así que el orangután reunió a la Mona, al Chimpancé, al Gibón y al Gorila les dijo a todos que tendría que reducir la cantidad de bananas a 1 por semana. Cuando la Mona y el Gibón se fueron, les dijo al Chimpancé y al Gorila que no habría bananas para ellos, que sus historias valían media banana en total.
El Gorila tímidamente se ofreció a cuidar la arboleda bananera. Y así consiguió que le dieran una banana diaria. A fin de cuentas un Gorila tiene que comer se dijo.
Pero el Chimpancé por su parte se fue indignado y le dijo al Orangután que no comería bananas. Que prefería seguir jugando y que comería hojas y hierbas.
Cuando llego el fin de semana el Chimpancé les contó a sus amigos el Gorila, el Gibón y la Mona que lo había pasado muy bien en la selva saltando de rama en rama que había descubierto que si rompía los cocos había un jugo dentro muy rico y que las hojas de algunos árboles eran bastante buenas. La Mona, el Gorila y el Gibón se miraron y decidieron ir a jugar la próxima semana. Nadie invito al Orangután ya que este siempre estaba muy ocupado.
Tres semanas después el Orangután se dio cuenta de que estaba lleno de pulgas, que no había escuchado música hace mucho y que ya nadie se paseaba asustando animales para alejarlos de los arboles. Quería ir a buscar a sus amigos pero el computador le dijo que no valía la pena, que tecleara más rápido. Que no comiera más banana y todo saldría bien. Y eso hizo.
Pero pronto se enfermo, le faltaban bananas en la panza. Cuando estuvo en cama nadie vino a visitarlo. Nadie le traía medicinas. Y se sintió muy solo y muy triste.
Llamo al ordenador pero este lo único que le decía era cuantas bananas estaba perdiendo.
El Orangután que ya estaba débil decidió apagar el ordenador. Y lentamente se arrastró llorando a buscar una banana. Y luego con más fuerzas fue a buscar a sus amigos.
Les pidió disculpas a todos y les pidió si podía volver a jugar con ellos. Los otros simios se miraron sonriendo y le dijeron que sí.
Y pronto todos estaban bañándose en una piscina comiendo bananas, tomando leche de coco y balanceándose por las lianas escuchando la música de la jungla.
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